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Siete "verdades del barquero", que algunos no quieren oir

 

Ante la gravedad del momento en que se encuntra la economía española, Artemio Milla, Doctor en Economía y colaborador habitual de la revista ECONOMIA 3, ha remitido esta Tribuna, en la que expresa su opinión personal sobre algunos cambios políticos, institucionales, económicos y financieros, que cree imprescindibles para poder salir de la situación y sentar las bases de un crecimiento sostenible.

 

Hay que cambiar la Constitución porque ya nadie cree en ella de verdad. Debemos devolver al Estado algunas de las competencias de las que ha sido vaciado por las comunidades autónomas, hacer un Estado más fuerte e iniciar un proceso de reforma hacia un Estado federal, basado en la responsabilidad fiscal.

 

También hay que cambiar el modelo tributario español, tanto nacional como autonómico y local, pues ha demostrado ser demasiado elástico ente la caída de la actividad y se ha producido una sustancial reducción de los ingresos, que ha tenido que ser compensada expoliando a los ciudadanos.

 

2.- Los responsables políticos deben mejorar sustancialmente. Es lamentable ver a políticos inútiles e ignorantes, que jamás serían contratados en la empresa privada, haciendo la pelota a su superiores para mantener en la poltrona; así son muchos, pero no todos. Estos políticos son los que rigen nuestro destino, deben predicar y dar ejemplo, cumplir y hacer cumplir la ley. Creo que este país se merece algo mejor.

 

3.- Decir que España es un país en democracia es pura fantasía. Las relaciones entre el Estado y el ciudadano son asimétricas: multas, embargos, sanciones, recargos por impago solo en una dirección, etc. Las listas electorales están cerradas y los políticos no responden ante el ciudadano sino ante su partido; hay que cambiar la ley electoral.

 

Se mofan de los votos de los ciudadanos cuando, tras las elecciones, se hacen pactos entre los paridos políticos para repartirse el "pastel" y generar deudas "morales" y apoyos futuros ante propuestas absurdas.

 

Vivimos una partitocracia donde los partios políticos controlan absolutamente todo y a ellos nadie. Además, no se respeta siquiera el principio de separación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Algo huele a podrido, pero parece que a nadie le importa.

 

4.- Los partidos políticos y los sindicatos no deberían recibir fondos con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Cada palo que aguante su vela y que recojan fondos de sus afiliados o busquen patrocinadores para financiar sus campañas políticas.

 

Por otro lado, la clase trabajadora haría muy bien prescindiendo de unos sindicatos que están subvencionados por el Estado, porque sencillamente ya no cumplen su papel. Esto o se modernizan y se adaptan a las demandas de la economía del siglo XXI: productividad, inexistencia de prejuicios empresario malo - trabajador bueno, etc.

 

Además, los fondos para formación no pueden depender de la patronal o de los sindicatos. Es un destarifo. Hay que dejar que el sistema educativo público o privado ocupe este papel.

 

5.- Hay que implantar un Plan de Racionalización de la Administración Pública autonómica y local, que implique:

 

5.1.- Eliminación y/o concentración de organismos públicos duplicados o con funciones similares: Diputaciones, Delegaciones de Gobierno, etc.

 

5.2.- Cierre de empresas públicas no rentables y/o su privatización.

 

5.3.- Eliminación de asesores no cualificados y/o no dedicados plenamente a su función.

 

5.4.- Aplicacion de criterios de economía, eficiencia y eficacia, con establecimiento de indicadores para su medición en todas las AA.PP. (estatal, autonómica y local).

 

5.5.- Fijación de techos efectivos para el endeudamiento del Estado, las entidades autonómicas y locales, priorizando el principio de austeridad y ejemplo en el uso del dinero público.

 

5.6.- Promover la agrupación de entidades locales para ganar en economía y escala, suprimiendo entidades no viables. En resumen, aplicar criterios de gestión del dinero público, bajo un modelo de economía, eficiencia y eficacia que se mida, se evalúe y se actúe en consecuencia, como se hace en la empresa privada.

 

6.- Este país necesita un Plan Estratégico que defina el modelo económico, social, educativo, judicial, etc. que deseamos en el futuro. Pero, sobre todo, necesita voluntad de cambio y actitud para acometer dicho cambio. Si no diseñamos el país que queremos jamás lo tendremos.  Es preciso acometer, de verdad, reformas estructurales que el país necesita: pensiones, mercado de trabajo, sanidad, sistema educatio, energía, turismo, etc. y no hacer parches, como hasta ahora, dejando que los técnicos diseñen las acciones a ejecutar.

 

Estamos entrando en una vía peligrosa qe nos puede conducir (si no lo ha hecho ya) a ser un país de segunda división: poco competitivo, incapaz de crecer y de crear empleo, con una estructura económica desequilibrada, con poca industria y excesivo peso de un sector servicios (turismo) de baja calidad, cuando lo tenemos absolutamente todo para que no sea así: sol, playa, montañas, monumentos, grastronomía, cultura, etc.

 

7.- El sistema financiero privado ha demostrado su incapacidad de afrontar situaciones económicas y de falta de liquidez como la actual. Las empresas (sobre todo las pequeñas y medianas, que suponen más del 90% del PIB del país y las que más empleo crean), y las familias, lo están sufriendo.

 

Es necesaria una banca pública que juegue el papel que el sistema financiero privado no quiere jugar. Los efectos devastadores sobre el desempleo, la caída de la riqueza, la pérdida de competitividad, la incertidumbre, la falta de confianza y el desánimo general que reina hoy en día habrían sido, sin duda, menores. La teníamos, pero alguien se la cargó.

 

Podría seguir con algunas otras "verdades del barquero", pero creo que si afrontamos estas siete ya vamos bien. ¿Alguien lo va hacer? ¿Hay voluntad de cambio? ¿Entonamos todos el "mea culpa" y diseñamos un país mejor? ¿De verdad lo queremos o estamos más cómodos así; sobre todo algunos?

 

Muchas dudas. Tal vez demasiadas.

 

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